miércoles, 9 de marzo de 2011
RONALDO.
Volví la cabeza para mirar al perrito negro ovillado frente al árbol de la esquina. Podía estar muerto o dormido. Sonreí al descubrir que era una bolsa con basura que temía la forma de un perrito gordo. La miré con cariño porque en mi mente estaba la imagen del animal moviendo tímido la cola. Si hubiera sido un perro, lo hubiera invitado a irse conmigo. Tantos años pensando en la soledad, tantos perros callejeros en los cuales nunca me fijé… Le hablé en voz baja para no alarmarlo, le conté pedazos de mi vida mezclados con algunos anécdotas que viví cuando era chico y que justo ahora recordaba: La vez que mis viejos se escondieron y me quedé solo en la calesita y de la desesperación me tiré andando y me raspé todas las piernas .Cuando choqué con la bicicleta de Paladino y me partí un diente que quedó incrustado en su cabeza y otras cosas más. Mirando la bolsa con ternura poco habitual en mí, le susurré al oído palabras que ignoraba de dónde venían: compasión, ternura, amor, entrega Sentí más lástima por él que por mí mismo. Lo habría llamado Ronaldo si hubiera sido un perrito. Me agaché, le di palmaditas y me despedí. “Adiós, Ronaldo”. Sin darme cuenta, la bolsa me siguió durante varias cuadras sin acercarse a mí, la perdí de vista cuando crucé la avenida 41. ¿Ronaldo? lindo nombre me dijo Inés cuando llegué a casa.
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