El colectivo se detiene. Abre las puertas, suelta a unos pasajeros, las vuelve a cerrar pero se queda en su lugar : el semáforo está en rojo. Son poco más de las seis de la tarde, es la línea 72 (su recorrido bordea el Sena, del centro al oeste de París, lo que involuntariamente lo convierte en un paseo bastante turístico) y el bus está detenido a la altura de la plaza del Trocadéro. A la izquierda, cruzando el río, se ve la Tour Eiffel.
De repente, alguien golpea con vehemencia las puertas de adelante. Los conductores aquí no siempre abren las puertas fuera de los puntos de parada, pero éste lo hizo. La precipitación del que golpeaba lo debe haber agarrado de imprevisto.
Y ahí, la pregunta, formulada en español, así como se lee, pero a los gritos: “¿Vas a Notre Dame?”
El que pregunta es un argentino, de unos 45 años. Se le suma un amigo, que venía corriendo detrás. Boina de campo, misma edad. Están con dos mujeres, muy posiblemente sus esposas, que se quedan mirando desde atrás.
Silencio total del conductor. Evidentemente no habla español, pero tampoco entiende al argentino que, con la mejor de las voluntades, desmenuza la palabra clave -“NO-TRE-DA-ME”-, abre bien los ojos y mueve las manos por todos lados en un intenso intento por ser comprendido. Si no hiciera tanto frío, una gota probablemente le estaría corriendo por la mejilla.
Nueva tentativa, dando vuelta las palabras: “A Notre-Dame, ¿vas?” –y agregando- “¿Dónde? ¿Bus stop?”
Silencio total del conductor. Y, para ese entonces, de todos los pasajeros: los argentinos están gritando. Lo que hace que los parisinos parezcan todavía más mesurados. Casi paralizados: si bien el volumen de voz es aquí agradablemente más bajo, los parisinos también pueden ser angustiosamente discretos. Y una escena como esta es la ocasión perfecta para mirar, y luego analizar, al otro.
Por fortuna para los gritones, una chica sentada adelante habla español. Les indicará cómo llegar a “No-tre-Da-me”. A los argentinos se les ilumina la cara. No sólo ya saben el camino, sino que además se los explicó una argentina. Y la chica también esta contenta: es el tipo de intercambios que se extrañan en París.
Tienen ganas de seguir conversando: “Ah, son argentinos, sos argentina, ¿qué hacés acá?, ¿Y ustedes?, ¿De dónde venís?, ¿De vacaciones?”, y tantas otras preguntas. Pero el conductor tiene que arrancar.
Esa oda a la idiosincrasia argentina (precipitarse y aturdir, pero lograr lo que se buscaba, y luego sonreír) fue un poco de aire fresco para todos esos pasajeros.
Dos señoras de unos 75 años se quedaron luego hablando sobre un posible viaje a México. Será que el español les hizo pensar en sus vacaciones latinas.
Cuando el colectivo arrancó, los argentinos cruzaron la calle. Para llegar a Notre-Dame tenían que ir en sentido inverso.
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