miércoles, 16 de marzo de 2011

EL DÍA QUE CONOCÍ A iNÉS. POR CARLOS RAFAEL LANDI


Hay vidas enteras que nacen y mueren sin que haya sucedido nada importante, y días
que valen por toda una vida"


Los recuerdos suelen tener la pureza de un día soleado. Tal vez por eso la imagen de Inés me viene de golpe cada vez que regreso a ese 31 de Julio. Y claro, también aparecen los días del colegio, cuando la vida apenas consistía en correr unas cuadras detrás del colectivo solo por el gusto de mirar en secreto a la profesora de Caligrafía, escuchar canciones en el Wincofon de Los Beatles, Los Gatos o Sylvie Vartan, y también tocar el bajo en el grupo Leyenda.

A veces me parece ver a Inés salir de la escuela, pecosa y exacta como hace tantos años... Sin embargo, cuando lo pienso mejor, me doy cuenta de que la vida es una especie de ilusión óptica: vemos lo que no existe o lo que existió alguna vez y que nunca más tendremos. Es entonces cuando regreso a ese día en que su imagen cambió para siempre todos mis inviernos.

Fue esa tarde de Julio calurosa. Yo tenía entonces diecinueve años y no conocía otra cosa que no fuera la adoración a ídolos o la melancolía. Recuerdo clarito cuando salió del colegio a las seis menos cuarto y la crucé en José María Moreno, casi por un azar, era un arreglo de la tía Coca. Aunque tenía miedo de decir algo que no le gustara no parecía perturbarse demasiado. Por el contrario: la hice reir.

Creo que fue justamente esa primera imagen -su rostro radiante- la que me hizo comprender que Inés no parecía de este mundo. Sólo la música me parece capaz de expresar la vehemencia que experimenté aquella tarde. Inés era hermosa, y su rostro tenía una armonía tan perfecta que no dejaba lugar a dudas: era casi un ángel.

Ese día comenzó mi locura. Empecé a frecuentar su casa con la secreta intención de verla nuevamente y hasta cometí algunos excesos, lo reconozco. Pero ¿Qué otra cosa me quedaba por hacer?. Ella había trastocado mi vida para siempre.

Le gustaba leer a Freud -lo hacía de soslayo para no levantar ningún manto de sospecha-, mientras yo me quedaba mirándola desde algún lugar distante con el enamoramiento propio de un adolescente enajenado: esperando el momento oportuno para saltar el abismo que existía entre su divinidad y mi intelectualidad reprimida.

Así pasaron varios meses en los que, con una exagerada actitud de desesperación, corría al colegio y a la casa sólo para verla. El lugar comenzó a hacerse conocido y cuando llegó la primavera me encontré invadido totalmente por el amor. A veces me escondía entre las tapas de sus libros y pasaba horas embelesado contemplando su rostro ausente, como el de un doliente al que se le acaban las oraciones. Otras veces -sobre todo cuando los amigos maliciosos rondaban el lugar- simplemente merodeaba como un perro sin dueño por las márgenes de su entorno para controlar que nadie la perturbara.

De a poco fui descubriendo que las Escrituras tienen razón. El amor es brujo: conoce los más íntimos secretos pero también exige los más grandes esfuerzos. Tal vez por eso, el amar a Inés en esa forma, significó no sólo una locura de juventud sino también mi única redención.

Con el tiempo conocí más cosas sobre ella. Supe de su interés por Vivaldi y los relatos de Cortázar (Rayuela). Pero sobre todo -y esto explica algunas cosas-, pude conocer que había nacido para mí. De su familia, en cambio, vi una madre rica en virtudes culinarias que nunca traspuso la puerta de su casa y un padre que simulaba muy bien ser autoritario, esos eran sus referentes inmediatos. Tenía también un hermano tan blanco como ella que concurría al tercero B y con el que solía jugar algunas veces en el patio de su casa, y además una hermana, también muy bella con la que grabábamos en mi Sony obras de terror de Narciso Ibañez Menta y con la que una vez fuimos solos al cine a ver una de Drácula.

Por fin, guardé mis dudas sobre sus gustos en el bolsillo y decidí regalarle un libro, no sabía si le iba a gustar. Había trazado un plan: la esperaría a la salida de la escuela, pero un examen sorpresivo de Matemáticas se encargó de arruinarme la partida. Cuando llegué a la casa Inés ya estaba sentada en la mesa estudiando, rubia y hermosa, como si estuviera posando para un fotógrafo imperceptible. Tenía toda la nerviosidad del atardecer.

La miré inmóvil desde mi escondite, entre las hojas de un viejo libro, mientras contenía la respiración. Temía que el menor movimiento transformara mi miedo en el desencanto de ella. Mi estómago parecía sufrir las consecuencias del momento: un dolor se movía dentro amenazando con arruinar la entrega de la preciada obra, le iba a regalar "Cien años de soledad" de García Márquez y no sabía como reaccionaría.

De pronto -casi intencionalmente-, Inés miró sonriente hacia mi escondite, vió el libro y clavó sus ojos en los míos. Lo hizo con tal dulzura que una mezcla de gratitud y amor nos unió en un beso interminable. Era su autor favorito.

Después de aquella tarde la volví a ver casi todos los días de mi vida. Los años se evaporaron, Inés y yo pasamos a vivir un tiempo distinto de adultez y dejamos la adolescencia. Alguna vez volvimos a Caballito. Sin embargo, nunca más me animé a recorrer de nuevo los adoquines de la calle Senillosa.

Aún la amo con todo mi corazón. Y pensar que todo comenzó con el embrujo de la tía Coca

miércoles, 9 de marzo de 2011

RONALDO.

Volví la cabeza para mirar al perrito negro ovillado frente al árbol de la esquina. Podía estar muerto o dormido. Sonreí al descubrir que era una bolsa con basura que temía la forma de un perrito gordo. La miré con cariño porque en mi mente estaba la imagen del animal moviendo tímido la cola. Si hubiera sido un perro, lo hubiera invitado a irse conmigo. Tantos años pensando en la soledad, tantos perros callejeros en los cuales nunca me fijé… Le hablé en voz baja para no alarmarlo, le conté pedazos de mi vida mezclados con algunos anécdotas que viví cuando era chico y que justo ahora recordaba: La vez que mis viejos se escondieron y me quedé solo en la calesita y de la desesperación me tiré andando y me raspé todas las piernas .Cuando choqué con la bicicleta de Paladino y me partí un diente que quedó incrustado en su cabeza y otras cosas más. Mirando la bolsa con ternura poco habitual en mí, le susurré al oído palabras que ignoraba de dónde venían: compasión, ternura, amor, entrega Sentí más lástima por él que por mí mismo. Lo habría llamado Ronaldo si hubiera sido un perrito. Me agaché, le di palmaditas y me despedí. “Adiós, Ronaldo”. Sin darme cuenta, la bolsa me siguió durante varias cuadras sin acercarse a mí, la perdí de vista cuando crucé la avenida 41. ¿Ronaldo? lindo nombre me dijo Inés cuando llegué a casa.

sábado, 5 de marzo de 2011

Argentinos en París.

El colectivo se detiene. Abre las puertas, suelta a unos pasajeros, las vuelve a cerrar pero se queda en su lugar : el semáforo está en rojo. Son poco más de las seis de la tarde, es la línea 72 (su recorrido bordea el Sena, del centro al oeste de París, lo que involuntariamente lo convierte en un paseo bastante turístico) y el bus está detenido a la altura de la plaza del Trocadéro. A la izquierda, cruzando el río, se ve la Tour Eiffel.

De repente, alguien golpea con vehemencia las puertas de adelante. Los conductores aquí no siempre abren las puertas fuera de los puntos de parada, pero éste lo hizo. La precipitación del que golpeaba lo debe haber agarrado de imprevisto.

Y ahí, la pregunta, formulada en español, así como se lee, pero a los gritos: “¿Vas a Notre Dame?”

El que pregunta es un argentino, de unos 45 años. Se le suma un amigo, que venía corriendo detrás. Boina de campo, misma edad. Están con dos mujeres, muy posiblemente sus esposas, que se quedan mirando desde atrás.

Silencio total del conductor. Evidentemente no habla español, pero tampoco entiende al argentino que, con la mejor de las voluntades, desmenuza la palabra clave -“NO-TRE-DA-ME”-, abre bien los ojos y mueve las manos por todos lados en un intenso intento por ser comprendido. Si no hiciera tanto frío, una gota probablemente le estaría corriendo por la mejilla.

Nueva tentativa, dando vuelta las palabras: “A Notre-Dame, ¿vas?” –y agregando- “¿Dónde? ¿Bus stop?”

Silencio total del conductor. Y, para ese entonces, de todos los pasajeros: los argentinos están gritando. Lo que hace que los parisinos parezcan todavía más mesurados. Casi paralizados: si bien el volumen de voz es aquí agradablemente más bajo, los parisinos también pueden ser angustiosamente discretos. Y una escena como esta es la ocasión perfecta para mirar, y luego analizar, al otro.

Por fortuna para los gritones, una chica sentada adelante habla español. Les indicará cómo llegar a “No-tre-Da-me”. A los argentinos se les ilumina la cara. No sólo ya saben el camino, sino que además se los explicó una argentina. Y la chica también esta contenta: es el tipo de intercambios que se extrañan en París.

Tienen ganas de seguir conversando: “Ah, son argentinos, sos argentina, ¿qué hacés acá?, ¿Y ustedes?, ¿De dónde venís?, ¿De vacaciones?”, y tantas otras preguntas. Pero el conductor tiene que arrancar.

Esa oda a la idiosincrasia argentina (precipitarse y aturdir, pero lograr lo que se buscaba, y luego sonreír) fue un poco de aire fresco para todos esos pasajeros.

Dos señoras de unos 75 años se quedaron luego hablando sobre un posible viaje a México. Será que el español les hizo pensar en sus vacaciones latinas.

Cuando el colectivo arrancó, los argentinos cruzaron la calle. Para llegar a Notre-Dame tenían que ir en sentido inverso.